Aquí
mando una reflexión hecho por el P. Armando Noguez, CRS en la ocasión
de la presentación del libro de P. Francisco Pfeifer, omi "Cuando
llegaron los Lobos". Casi 200 personas participaron junto con varios alumnos
de nuestro Colegio Vista Hermosa. Ellos compartieron su testimonio y experiencia
de una misión. Están en proceso de hacer un documental de P. Francisco..
muy interesante.
Feliz día de Pentecostes!
Santiago Lyons, omi
Cuando llegaron los lobos
"Francis Theodore Pfeifer OMI"
Con agrado presento a ustedes mi punto de vista sobre las memorias del p. Pfeifer recogida en su libro «Cuando llegaron los lobos». Es un libro que me ha permitido disfrutar su lectura por el momento eclesial en que ha aparecido, por su perfil literario y por el testimonio evangelizador que ofrece.
Con relación al momento eclesial, quisiera señalar que hoy el centro de la atención pública lo ocupan «los gravísimos y objetivamente inmorales comportamientos del padre Maciel, [que] confirmados por testimonios incontrovertibles, representan, en algunos casos, auténticos delitos y manifiestan una vida sin escrúpulos ni auténtico sentimiento religioso». En este mismo momento eclesial, a nosotros, el Dios de la vida nos da la gracia de poder hablar de algo totalmente diferente, que es gozoso y alentador. Se trata del testimonio de un misionero que nos reconcilia con la iglesia y nos entusiasma a vivir el evangelio.
Atendiendo a su perfil literario, las memorias del p. Pfeifer me recuerdan dos novelas que leí en mi juventud: «México bárbaro» de Turner y «La rebelión de los colgados» de Traven. Ambas obras describen la vida, o más bien la muerte lenta, de un sector de nuestro pueblo masacrado por la injusticia. Un sector que, después del bicentenario de la independencia, el centenario de la revolución institucionalizada y la transición democrática, todavía no sale de su miseria, ni de su cruel inhumanidad. A su desgracia hoy se le agrega la perversidad del narcotráfico. Gracias p. Pfeifer por narrar la historia de ese sector olvidado y sufriente de nuestro pueblo, que todavía existe y resiste.
Esta obra sencilla tiene, además, un invaluable aporte evangelizador. Yo lo he descubierto leyéndolo con tres claves de lectura: la marginalidad, la misión y el profetismo.
Examinando las memorias desde la clave de la marginalidad, se nos presenta la biografía de un cristiano marginal. Las razones de su marginalidad son varias. Es marginal
1) porque su historia no es noticia para los negocios mediáticos; 2) porque las regiones de Oaxaca donde él trabajó no están en el centro de la geografía ni de la geopolítica nacional; y 3) porque los destinatarios de su acción evangelizadora son semejantes al Juan Diego del Nican Mopohua: no se perciben como gente «principal, conocida, respetada y estimada»; sino que se sienten hombrecillos, escalerillas de tabla, hojas, gente menuda. En esta pequeñez y en esta marginalidad se coloca la historia del p. Pfeifer.
Para los creyentes en Jesús, que era un judío marginal, este contexto hace de sus memorias una historia cristianamente relevante y alentadora. A la luz del evangelio, no es una historia de los «sabios y entendidos», sino una historia protagonizada por «la gente sencilla» que sí recibe el evangelio y que, por lo mismo, provoca que el Hijo de Dios se llene de alegría y salte de contento bendiciendo a su Padre celestial (cf. Lc 10,21-22).
Estas memorias también se pueden leer desde una clave misionera. La misión cristiana consiste en transmitir el evangelio de Jesús. En sus memorias el P. Pfeifer nos ha permitido constatar la verdad, el poder salvador y la fuerza interpelante de ese evangelio.
«Cuando llegaron los lobos» nos recuerda, primero con la vida y luego con la pluma, la página evangélica del buen pastor. Ese pastor que quiere dar vida abundante a sus ovejas, que para ello está dispuesto a dar su propia vida y que no se amedrenta ante los lobos feroces. Ese pastor es Jesús, pero su perfil lo recrea en la historia el misionero evangelizador: el misionero que anuncia buenas noticias, el que denuncia proféticamente y el que resiste dando testimonio de generosidad y valentía.
Me siento reconfortado al encontrar que en las memorias del p. Pfeifer late el espíritu del concilio Vaticano II. Nos cuenta las iniciales dificultades para implementarlo, así como la intrepidez y el gozo que tuvo al hacerlo. Valoro que en las memorias se reconozca el trabajo perdurable de las y los catequistas en el proceso evangelizador, las tareas de promoción humana, sobre todo en salud, la formación de pequeñas comunidades, el servicio a las formas de religiosidad popular, el respeto a las culturas indígenas y a su espíritu festivo, el reconocimiento a los colegas y compañeros evangelizadores.
Las memorias del p. Pfeifer resultan sorprendentes cuando se leen en clave profética. Advierto que la denuncia profética es quizá la columna vertebral del libro y su misma intención literaria. Las memorias del p. Pfeifer están cargadas de indignación ética. En sus páginas destila la ira santa del cristiano por la llegada de los lobos del narcotráfico. Me he preguntado ¿por qué un misionero pacífico, que trabaja en los márgenes de la sociedad, benefactor de gente humilde e indefenso tenga que ser amenazado y baleado? No me cabe duda. Es la misma razón por la que el judío marginal de Galilea fue perseguido y crucificado. Ese profeta resultaba peligroso para los líderes de Jerusalén aliados con el imperio. En esta misma línea, el servicio generoso de un misionero oblato, en su sencillez y en su marginalidad, también se convirtió en una amenaza para los lobos cobardes y feroces. Lo pequeño, con su enorme potencial de dar vida, siempre desenmascara y exhibe a los grandes agentes de la muerte.
Estas memorias fueron escritas originalmente en inglés, el idioma del imperio. Me alegro, porque así el libro podrá ser leído por gente del país donde se consume la droga y se paga por su tráfico. Las adicciones individuales no son inofensivas y las narco-redes de distribución no son inocentes. Este testimonio misionero les grita que el trasiego de la droga, de un lado del Río Grande solaza a los opulentos, y del otro, causa devastación entre los pobres.
Celebro que unas memorias misioneras exhiban y condenen la maldad que empapa tanto las prácticas del norte imperial, como las de sus subordinados en el sur.
Me permito agregar un apéndice dedicado a las evocaciones personales. El misionero evangelizador es también un ser humano que tiene infancia e historia familiar. La lectura de estas memorias me ha deleitado, porque yo también conozco el ambiente del campo, con gallinas, burros, vacas, víboras de cascabel, tractores. Yo también sé lo que es tener una mamá trabajadora y muchos hermanos.
Y quisiera terminar con una invitación a continuar el relato. La trayectoria del p. Pfeifer tiene que seguir adelante. Su vida y su relato requieren de misioneras y misioneros que les den continuidad; seguidores de Jesús que den vida a las ovejas y que tengan el valor de resistir cuando lleguen los lobos. Estoy seguro que el Espíritu de Dios encontrará nuevos narradores que contarán historias semejantes y que actualizarán el carisma de Mazenod como lo ha hecho el p. Pfeifer
Armando Noguez crs