Quiechapa, la mujer de Piedra
En las altas sierras del sur de Oaxaca, México; se encuentra el pueblo de San Pedro Mártir Quiechapa, cabecera parroquial de 17 pueblos esparcidos en la baja y alta sierra. Quiechapa significa “Mujer de Piedra” en el idioma zapoteco. La parroquia como tal se reabrió en el año de 1960 con la llegada del P. Jaime Norman, OMI, y por sus comunidades desfilaron oblatos de renombre, tales como Roberto Hickl, OMI, Ernesto Lieckens, OMI, Florencio Robles, OMI, Antonio Díaz, OMI, Horacio Sarabia, OMI, Ricardo Philion, OMI y otros grandes misioneros. Pero sin duda la comunidad tiene un gran recuerdo en su corazón del P. Francisco Pfeifer, OMI, quien construyó una clínica rural que durante muchos años era el centro de salud de la región, ya que el P. “Chico” como se le conocía acá, era también un médico, que con sus conocimientos quizás rudimentarios, daba un gran alivio físico a la gente. Hoy, Quiechapa, como comunidad serrana, se caracteriza por escasez de recursos a los que la modernidad acostumbra a los que venimos de ciudad, tales como transportes, otros medios de comunicación y otras comodidades; pero eso se compensa con el clima de tranquilidad y de alegría que sus moradores tienen como caulidad particular; además de los grandes bosques y de su ojo de agua, manantial que abastece de agua no solo a Quiechapa, sino a otros pueblos de la región. En la alta sierra, junto a las situaciones de violencia provocada por diversos factores tales como las venganzas familiares, la migración que provoca la desintegración familiar, los conflictos entre los pueblos y la siembra de algunas hierbas nocivas para la salud, también crecen abundantes flores, árboles frutales y algunos otros productos alimenticios de temporada; además de la producción local de la bebida tradicional conocida como mezcal, hecha a base de maguey, que alegra las fiestas y los encuentros familiares y culturales. Constato también que las fiestas religiosas y civiles, animadas por bandas de música autoctona, son un gran medio de convivencia y de unidad en estos pueblos aparentemente lejos de otros centros culturales; es en esos momentos, cuando advierto que Dios realmente camina a lado de su pueblo, lo alimenta, le da vida y le anima a seguir adelante. Por otro lado, a veces tengo la impresión de que para los pueblos que hablan zapoteco el lenguaje es un gran obstáculo para comunicarse conmigo, pero esa situación no es un obstáculo cuando comprendes que si estás con ellos y usas el lenguaje simbólico para decir lo que a veces no se puede decir, la comunicación se hace más efectiva, ya que el Dios de misericordia y de amor se manifiesta en los hechos y en los gestos que dicen mas que una palabra. Un signo de esperanza en estos pueblos es el futuro que se puede advertir en los niños y jóvenes, los cuales, con su creatividad, su alegría, sus sueños, sus juegos, su capacidad de espontaneidad, pueden hacer grandes aportes a sus comunidades tan sedientas de paz y de mejores formas de convivencia; esto es un sueño no sólo para el mañana, sino para el hoy de nuestro mundo. Confío que la singularidad de estos pueblos es una riqueza para nuestro carisma misionero.
P. Roberto Tolentino, OMI