Un
planeta indignado
Por Álvaro Cuadra
lunes, 17 de octubre de 2011
La década
de los ochenta marcó el advenimiento del neoliberalismo a escala mundial.
De la mano de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, la receta parecía infalible.
Se trataba de minimizar el papel regulador del estado y controlar las “variables
macro económicas”, con ello se garantizaba el crecimiento de las
naciones. Las sociedades de consumidores era la única forma de alcanzar
el bienestar de las mayorías. Tras la caída del muro, los más
entusiastas hablaban, incluso, del “fin de la historia”.
Como suele ocurrir con los delirios y supersticiones humanas, ha llegado la
hora del desencanto. Hoy, las protestas de los indignados están tan globalizadas
como los mercados y los medios de comunicación. En todo el mundo, los
ciudadanos advierten que el mentado modelo neoliberal no produce el bienestar
prometido sino que genera desempleo, crisis económica e injusticia social.
Esto lo sabemos bien en Chile, emblemático país-dólar a
escala latinoamericana desde los tenebrosos años de Augusto Pinochet,
pero también lo saben en Nueva York, París o Roma.
La llamada globalización ha creado un “capitalismo casino”
planetario que enriquece a las grandes corporaciones, sumiendo a las naciones
en la miseria. Este fenómeno que se ha acentuado estos primeros años
del siglo XXI ha tenido consecuencias culturales y políticas insospechadas.
El desarrollo de una “Hiperindustria Cultural” – construida
de redes e imágenes digitalizadas en tiempo real - ha engendrado lo que
algunos llaman una “Cultura Internacional Popular”. La sociedad
de consumidores, diseño antropológico y rostro cotidiano del neo
capitalismo, posee, ahora, un alcance mundial. En pocas palabras: Los problemas
de los ciudadanos de diversos países son, en lo fundamental, los mismos.
Esto explica, en parte, que la indignación sea, también, global.
Un desempleado en Nueva York, un estudiante chileno o un trabajador en Grecia
son víctimas de la misma humillación producida por un sistema
económico y financiero profundamente injusto. Todos ellos sienten la
represión de la policía como expresión última de
sus gobiernos. Las imágenes de las manifestaciones de indignados en todo
el orbe traspasan las barreras idiomáticas, pues más allá
de las singularidades de cada cual hay algo que se comparte. Mientras el alza
de un índice en Wall Street enriquece a alguna multinacional, en otro
lugar del mundo un trabajador pierde sus derechos de salud o un estudiante ve
como aumenta su arancel para proseguir estudios. Mientras una empresa aumenta
su capital, un niño muere de hambre en África, un bosque es talado
en Amazonía o una especie se extingue para siempre en el planeta tierra.
En el mundo imaginario creado por la publicidad, lo único cierto es la
humillación, el dolor y la indignación.