Triste 11 de enero

La ciudad de Cochabamba fue sitiada por una población enardecida, cansada de tantos atropellos y burlas de parte de las autoridades, específicamente del prefecto del departamento el comandante Manfred Reyes Villa, conocido político oportunista y hábido de poder.

Las diferentes organizaciones sociales, campesinos, cocaleros, gente del interior del departamento y civiles de la ciudad unieron consensualmente sus emociones a tal punto de tomar la ciudad pacíficamente en una justa intención de pedir la renuncia del prefecto que por cierto brilló por su ausencia (está en Santa Cruz).

La gran movilización popular ciudadana que concentró a diferentes organismos sociales, tuvo la única intención de pedir la renuncia del prefecto del departamento, sin embargo el comandante Reyes Villa, en una actitud vergonzante culpó al gobierno central de fomentar estas manifestaciones, esto demuestra la poca intención de asumir sus funciones para las cuales fue elegido.

Las organizaciones sociales en todas sus denominaciones fueron concentrándose en forma pacifica en la plaza 14 de setiembre. Una provocación de las fuerzas del orden, instruidas en principio por los miembros de la prefectura provocó un enfrentamiento que terminó con la quema de 2 autos y el edificio de la prefectura. Esto causó molestia en quienes apoyan incondicionalmente al comandante reyes (llámese clase media alta) quienes aún no logran digerir las diferentes reivindicaciones que se vienen dando en las clases olvidadas del país.

Mientras tanto el prefecto no hizo nada por poner solución a este justo reclamo, no tuvo la mínima intención de retractarse o renunciar en el peor de los casos, muy por el contrario asumió posturas de provocación.

Por otro lado la población de la zona norte de la ciudad, so pretexto de una manifestación por la paz y la democracia, promovida y financiada por el mismo prefecto y el seudo comité cívico, se fue organizando para lo que ya se veía venir, una lucha entre 2 clases sociales bien marcadas. El odio y la intolerancia racista fueron demostrados claramente en el agravio y la violencia salvaje ejercida por esta población citadina, dizque en defensa de la democracia. Cientos de campesinos, hombres y mujeres fueron apaleados sin piedad por las huestes “democráticas”. Era claro. La guerra entre el blanco(o quien se cree blanco) y el indio, entre el rico y el pobre, un enfrentamiento entre las polleras y los chulos contra el jean, la corbata y los lentes de sol.

2 muertos y cientos de heridos, una batalla entre hermanos bolivianos, producto del odio desmedido hacia los excluidos campesinos que movilizados con tantas penurias vinieron a reclamar sus derechos.

El prefecto Manfred Reyes, debe renunciar y dar explicaciones en un acto de perdón por todos aquellos atropellos y por toda la violencia que la ciudad vivió producto de su entercamiento en el poder, poder que ciega hasta el punto de matar. Él es el único responsable de todo lo acontecido.

La Iglesia mantuvo distancia, al final del día su representante oficial se reunió con los prefectos de otros departamentos, entre ellos Manfred Reyes, en la ciudad de Santa Cruz, ¿Por qué no dialogó con las organizaciones sociales? ¿Por qué no escucha sus demandas para luego ir a plantearlas a los prefectos? En fin. Sin embargo, la Iglesia se hizo presente con miembros (llámese laicos, sacerdotes, religiosos(as)) que de forma valiente e independiente salieron a las calles para unirse y ponerse del lado del pueblo que reclama sus derechos con justa razón.

En mis habituales caminatas nocturnas por la ciudad, sentí una gran tristeza por lo que quedaba de esta, una ciudad llena de humo, en ruinas, desolada, oscura y triste. Los campesinos descansan en las calles, los parques y las plazas, pareciera que los habitantes de la calle han engrosado sus filas. Qué mejor ambiente para contemplar la presencia divina que alivia y hace más fuerte el caminar de estas personas.

Esta guerra fratricida entre hermanos bolivianos no puede quedar impune, la sangre de los muertos reclama justicia.

MANFRED REYES, DEBE RENUNCIAR ¡YA!

NO HAY NEGOCIACION, NI DIALOGO CON QUIEN MATA.

La población “cívica” de la zona norte de la ciudad y sus promotores deberán pedir perdón a Dios y sus propios hermanos campesinos por esta actitud de violencia extrema contra sus propios hermanos bolivianos. No más racismo, no más intolerancia, al fin y al cabo todos somos descendientes de la raza indígena. Por último, queda asumir en todos nosotros la misma actitud que tuvo Jesús para con sus hermanos. Digámonos todos los bolivianos: ¡La Paz esté siempre con nosotros!

Lino P. omi