“UN
JESUITA SIN PAPELES”
P. Gregorio Iriarte O.M.I.
El matrimonio Melero-Serrano,
entrañables amigos, me puso en relación con el conocido teólogo
de la liberación José María Díez-Alegría
ya muy debilitado por el peso de sus 99 años. En ese hogar encontró
un cariño y un apoyo permanente este original “jesuita sin papales”,
religioso católico pero castigado a vivir sin derechos dentro de la Iglesia.
La trayectoria de José María Díez-Alegría, es ejemplar,
original y sorprendente. Su larga vida se ha constituido en un verdadero ejemplo
de conducta ética y evangélica.
Poco tiempo después del Concilio Vaticano II, en el año 1971,
Díez-Alegría escribió un libro titulado “Yo creo
en la Esperanza”. La editorial Desclée lo publicó con un
éxito sin precedentes.
En este libro el autor atacaba en forma muy directa y documentada a la Curia
Vaticana como entidad alejada de los valores del Evangelio. En esa época
la crítica acerba contra la Curia resultaba sorprendente.
El Vaticano reaccionó inmediatamente exigiéndole al autor una
pública retractación. Díez-Alegría se negó
rotundamente a ello. La Curia recurrió entonces al General de la Compañía
que entonces tenía al frente al P. Pedro Arrupe. El P. Arrupe se encontró
ante un dilema difícil de resolver: por un lado no quería quedar
mal con el Vaticano, sobre todo, por las consecuencias que eso podría
traer para La Compañía y en especial, para los jesuitas en Latinoamérica
que apoyaban la causa de los desfavorecidos, pero, por el otro, tampoco estaba
dispuesto a castigar y a expulsar de La Orden a Díez-Alegría a
quien le unía una verdadera amistad.
Entonces, José María, que rechazaba retractarse de lo publicado,
decidió aceptar la solución propuesta por el P. Arrupe, que evitaría
los problemas con La Curia Vaticana. Él saldría jurídicamente
de La Compañía y perdería sus cátedras de Teología
y de Ética, junto con todas las seguridades económicas.
Aunque José María interiormente siempre guardó un profundo
afecto hacia la Compañía de Jesús, sin embargo, él
quedaba en la calle como “un jesuita sin papeles”, privado de todos
los derechos como religioso y en la más absoluta pobreza.
Optó por ir a un barrio muy pobre de Madrid, llamado “Pozo del
Tío Reimundo” donde vivía el Padre Llanos en un ambiente
de extrema pobreza y en solidaridad con los más pobres, defendiendo los
derechos del pueblo frente a la dictadura Franquista.
El día 1 del presente mes de julio, encontrándome de paso por
Madrid, mi amigo Domingo Melero me propuso que fuéramos a visitar a José
María, que, con sus 99 años de edad, se encontraba muy delicado
de salud, en una residencia de ancianos en la ciudad de Alcalá de Henares.
El diálogo que pude mantener con José María no fue largo
pero sí profundamente impactante para mí. Aún al borde
la muerte, “con un pie en el estribo” decía él, continuaba
siendo en su conversación lo que siempre fue, un modelo de fina ironía
y de sentido del humor, auténtico y franco sin medir la consecuencias,
conflictivo pero siempre hombre de paz, contemplativo y, no obstante, con los
pies en la tierra, polémico pero siempre abierto al diálogo, crítico
permanente de las estructuras de la iglesia pero, a la vez, piadoso y fiel cumplidor
de las prácticas religiosas.
Mi visita fue, en realidad, una visita de despedida definitiva. Domingo, mi
acompañante, me condujo hasta un patio donde se encontraba un grupo de
unos quince ancianos de mucha edad. Casi todos se desplazaban en sus respectivos
carritos de ruedas, recibiendo una esmerada atención de parte de una
enfermera. Fue ella quien acercó una silla al lado de José María
para que yo pudiera conversar con él. La enfermera me preguntó:
-¿“Ud. le conocía”…?
- “Un poco”, le contesté.
Le enfermera me miró fijamente y me dijo:
“-Es un santo”, idea que yo tampoco pongo en duda.
Me hallaba sentado al lado derecho y le dirigí unas palabras de saludo
al oído y él reaccionó:
- “Sí, me dijo. Ya me acuerdo de ti pero mira, mejor es que cambies
la silla hacia este otro lado, al lado izquierdo. Así lo hice y él
añadió con una sonrisa en los labios.
-“Será una ironía, pero yo siempre he escuchado más
y mejor por el lado izquierdo que por el lado derecho. Lo mismo me ha pasado
con la vista…”
El sentido del humor lo acompañó a José María hasta
los últimos momentos de su vida.
- ¿“Cómo se siente”?, le pregunté:
- “Me siento contento y alegre, dichoso de vivir y dichoso de morir....
Mira, continuamente viene a mi mente, y lo repito muchas veces, aquel verso
tan bello de Santa Teresa: “Ven muerte tan escondida que no te siente
venir, porque el gozo de morir no vuelva a darme la vida…”
- “¿Está Ud. de acuerdo, le pregunté, con todo lo
que cuenta de su vida Pedro Lamet en su libro “Un jesuita sin papales…?”
- “Sí, me respondió, totalmente de acuerdo. Claro que se
un libro anecdótico….”
- “¿Ud. ha tenido gran éxito con sus libros, ¿qué
piensa hacer con sus derechos de autor? ¿A quién le va a dejar
esos derechos? ¿A La Compañía de Jesús…?”
Me miró con una sonrisa maliciosa y me dijo:
“He renunciado a todos esos derechos. Son derechos del pueblo, de todo
el que quiera servirse de ellos, sin ninguna restricción. Se pueden usar
y reproducir mis libros con total libertad. Los vas a encontrar en la página
“Koinonía” que lleva adelante, con tanta eficacia, José
María Vigil en Panamá. Mingo te lo puede explicar mejor.”
-“Quiere decir que Ud. no ha dejado sus derechos de autor a La Compañía
de Jesús para pagar, al menos, esta asistencia que recibe actualmente
en esta casa?”
-“No, me dijo. Es mejor que los Jesuitas me permitan estar en esta residencia
por caridad que no porque yo le pague con mis derechos de autor. Soy un pobre
emigrante religioso sin papeles y sin ningún derecho. Me atienden por
pura misericordia, como debe ser…”
Cuando nos despedimos con un angustioso sentimiento de alejamiento “para
siempre”, le dije a Domingo cuando ya nos íbamos en el coche:
“-Yo te agradezco enormemente el que hayas hecho posible esta impactante
visita a nuestro común amigo, pero me queda un gran interrogante. José
María va a morir. Le quedan muy pocos días de vida pero ¿dónde
le van a enterrar…? ¿Quién correrá con los gastos
de su funeral…¿hay un lugar en el cementerio para él…?
No tiene nada, absolutamente nada…”
Domingo entonces me dijo: “José María no quiere que se comente
pero ha decidido dar su cuerpo a la ciencia; probablemente servirá para
los estudiantes de alguna Facultad de Medicina!!!!….”
El eminente teólogo de la liberación, el calificado catedrático
de ética y teología, el exitoso escritor… se fue de este
mundo tal y como había nacido: sin nada…. en una total indigencia…
como Francisco de Asís, como Teresa de Calcuta, como Carlos de Foucauld…como
Cristo en La Cruz…
Cuando, pocos días después, me llegó la noticia de su muerte,
me vino a la memoria, con machacona insistencia, la frase de la enfermera que
le atendía: “Este hombre es un santo.”