¿QUÉ
PENSAR DEL EL PURGATORIO….?
P. Gregorio Iriarte o.m.i.
Una visión pesimista
del “más allá”
El “purgatorio” como lugar tormentos temporales y de purificación
de los pecados de la gran mayoría de los que fallecen está muy
presente en la sensibilidad y en las prácticas religiosas del pueblo
cristiano. Según esta creencia, aquellas personas que mueren, pero que
en su vida no han sido “ni del todo buenos” “ni del todo malos”,
van temporalmente a ese lugar de expiación y de purificación que
designamos con la palabra “purgatorio”.
Todo el culto piadoso que se desarrolla en memoria los difuntos: “Funerales”,
“Velorios”, “Misa de Nueve Días”, o de “Cabo
de Año”, “Día de Difuntos”…. y las continuas
plegarias por nuestros queridos antepasados se basan en el convencimiento de
que, la gran mayoría de ellos, se encuentra en ese lugar de sufrimiento
temporal pero cuya pena se acorta y se alivia a través de nuestras oraciones
y sacrificios y, sobre todo, por la aplicación, para su eterno descanso,
de la Santa Misa.
Hay que pasar de la “justicia”
a la “misericordia” de Dios
Debemos tener presente que los aportes de la teología actual con relación
al tema escatológico ha ido evolucionando y superando esa visión
marcadamente pesimista, basada en la justicia de Dios, olvidando que Dios es
por esencia amor y misericordia.
Fue San Agustín, eminente Doctor de la Iglesia, quien en el siglo cuarto
(+ 430 d.C.) desarrolló la teoría del “pecado original,”creando
una corriente de pensamiento muy negativa con relación a la salvación
eterna.
La administración del Bautismo “para el perdón de los pecados”
era considerada necesaria para la salvación. Los niños, al nacer,
necesitaban que se les administrase el bautismo para su salvación ya
que, como descendientes de Adán ellos también estaba afectados
interiormente por el “ pecado original”.
La doctrina de la exclusión del cielo de los niños que morían
sin ser bautizados, aunque nunca fue definida por el Magisterio de la Iglesia,
fue aceptada por muchos siglos, por el pueblo cristiano, como si fuera verdad
de fe.
La Comisión Papal integrada por varios teólogos de reconocida
competencia, ha decretado, últimamente, que la creencia en el “limbo”,
como lugar donde permanecían para siempre los niños que morían
sin el bautismo, no pertenece a la doctrina de la Iglesia. Es evidente que esta
decisión de la máxima autoridad teológica implica un alejarse
de la doctrina de San Agustín y, en concreto, de su enseñanza
sobre el “pecado original”.
… Y el Purgatorio
¿ en qué queda….?
La creencia en el Purgatorio tampoco es un dogma de la Iglesia.
Ha predominado en la Iglesia un negativo pesimismo con respecto a la salvación
eterna basado en el miedo a la justicia de Dios. Son muchos los que piensan
que es muy limitado el número de los van directamente al cielo.
Se ha insistido en la catequesis y en muchos sermones, en la “justicia
divina” tanto rigor y severidad que ha opacado el amor y la bondad de
Dios, creando en los creyentes una actitud tan anti-evangélica como es
“el miedo a Dios”.
La razón para sustentar esa opinión tan rigorista se basaba, generalmente,
en un argumento muy simple: “El pecado es una ofensa a la majestad de
Dios y, por lo tanto Dios, que es justo, debe castigarlo”.
Sin embargo, vemos que esa concepción responde a una mentalidad jurídica
y no tiene en cuenta el amor misericordioso y compasivo de Dios hacia la humanidad
pecadora tan presente, sobre todo, en la enseñanza y en las actitudes
de Jesús ante graves pecados, tanto en los hombres como en las mujeres.
Esa escatología de tipo justiciero no ha estado presente en la Iglesia
Ortodoxa. Para muchos teólogos orientales el cristianismo es un proceso
hacia el amor infinito de Dios hasta encontrarnos con Él en el cielo
sin ninguna reserva. La resurrección de los muertos es considerada como
una llegada a la “perfección de toda la humanidad.”
Orígenes muerto en el año 254 entiende la vida cristiana como
un proceso educador cuya meta es la visión y la contemplación
de Dios. En su opinión la existencia de un castigo con terribles sufrimientos
sería contraria a la esencia de Dios que es amor.
Los santos van al cielo directamente pero ¿a dónde van los que
no son tan santos a pesar de llevar una vida más o menos correcta?
Es opinión de la mayoría de los cristianos el que esas almas deben
permanecer un cierto tiempo en el purgatorio para ser purificados de todas sus
faltas y que tienen que sufrir un doble castigo: la “pena de daño”
(privación de la presencia de Dios y de la felicidad) y la “pena
de sentidos” (el sufrimiento temporal). Es cierto que en medio de ese
sufrimiento brilla para estas almas la luz de la esperanza, sin embargo, se
piensa que ese sufrimiento es horrible, parecido en intensidad al suplicio del
infierno. Si bien es cierto que tiene la seguridad de la salvación eterna.
La tendencia a suavizar y a superar ese rigorismo escatológico ha ido
progresando desde el Concilio Vaticano II. Veamos lo que gran parte de los teólogos
opinan sobre el infierno
El infierno …¿
existe…?
Al infierno lo han comenzado a ver muchos teólogos como incompatible
con el amor infinito que Dios tiene a toda la humanidad. Muchos de sus cuestionamientos
se relacionan con la imposibilidad de su existencia como realidad física,
tanto en lo referente al lugar como a la figura metafórica del fuego
incandescente.
En realidad Dios es misericordia infinita y no castiga a nadie con el Infierno
o el Purgatorio por más pecador que sea. Dios es amor misericordioso
que siempre ama y perdona.
Sin embargo, debemos tener siempre presente que Dios respeta la libertad de
las personas, aún la libertad de negarle y de apartarse para siempre
de Él. Esa opción totalmente libre pero real de que podamos apartarnos
de él , de su misericordia y de su felicidad, eso viene a ser lo que
llamados infierno y eso viene a ser también, aunque temporalmente, lo
que llamamos purgatorio.
El infierno es, por lo tanto, un posibilidad real, aunque equivocada, de opción
personal pero nunca es un designio o un castigo de Dios. Dios quiere la salvación
de todos. La condenación al infierno es totalmente contraria a Dios que
por esencia es AMOR.
Algunos teólogos afirman que el Purgatorio no es un lugar paralelo al
infierno sino un estado de “doloroso sentimiento interior y de total esperanza
pero sin penas sensibles.”( Congar)
La visión esperanzadora
en la liturgia de la Iglesia
La reforma litúrgica que se ha elaborado después del Concilio
Vaticano II ha aceptado el sentido pascual de la muerte, poniendo en el centro
la bondad y la ternura de Dios y no la justicia y el juicio, como se lo hacía
anteriormente.
Podemos percibir un sentido optimista y lleno de esperanza ya en la hermosa
plegaria que se rezaba y se sigue recitando en todos los funerales. Se denomina
en latín: “In Paradisum”. Su traducción es la siguiente:
“Al Paraíso te lleven los ángeles de Dios y a tu llegada
te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa. El coro
de los ángeles te reciba y para que, junto con aquel pobre Lázaro
(del Evangelio) tengas el descanso eterno.”
El Prefacio de la Misa de Difuntos expresa con concisión y belleza unas
ideas sobre la muerte totalmente alejadas de toda actitud condenatoria:
En Cristo nuestro Señor “ brilla la esperanza de nuestra feliz
resurrección y así, aunque la certeza de morir nos entristece,
nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que
en ti creemos, Señor, no termina con la muerte sino que se transforma
y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna
en el cielo”.
Las oraciones que la Iglesia pone en labios del sacerdote que preside un funeral
o un velorio nos revelan una fe total en la salvación inmediata de nuestros
hermanos difuntos:
“Escucha en tu bondad, Señor, nuestras súplicas en las que
imploramos tu misericordia por tu siervo/a a quien has llamado de este mundo:
dígnate llevarlo/a al lugar de la luz y de la paz, para que tenga parte
en la Asamblea de los santos,”
“Concédele a nuestro hermano/a franquear victoriosamente las puertas
de la muerte, para que habite con tus santos en el cielo, en la luz y felicidad
que prometiste a Abraham y su descendencia”.
O esta otra oración tomada de la liturgia de la Exequias:
“Pues tu Hijo , nuestro Señor, muriendo en la cruz destruyó
nuestra propia muerte y resucitando restauró la vida, concédenos
seguir tus pasos de tal modo que, al final de nuestra vida, lleguemos a unirnos
con todos nuestros hermanos/as en aquel lugar donde serán enjugadas las
lágrimas de nuestros ojos.” Una más , elegida al azar:
“Hemos acompañado a nuestro hermano/a a quien nos unían
vínculos de sangre, de amistad o de estima. Nuestro hermano/a que fue
recibido/a en la gran familia de los hijos de Dios por el bautismo, ha completado
ya su peregrinación y su testimonio. Que nuestra oración lo recomiende
a la Iglesia del cielo, para que el Señor le dé la porción
del Reino y a sus familiares y amigos les confirme en la paz y en la esperanza
cristiana.”
Estas y otras muchas oraciones que la Iglesia pone a nuestra consideración
en los momentos en que un ser querido abandona este mundo expresan nuestra fe
en la victoria de Cristo sobre la muerte y avivan nuestra esperanza en la resurrección,
a la vez que refuerzan nuestra fe en un Dios que es misericordia y perdón.
Son además un consuelo ya que nos unen en una expresión de esperanza
y de cercanía a todos nuestros seres queridos que partieron ya de este
mundo.
Quizás la mayor dificultad que tiene nuestro pueblo cristiano para superar
el miedo al juicio y al castigo divino se basan en creer que nos salvamos por
nuestros propios méritos y por las plegarias y sacrificios de otras piadosas
personas. Nuestra salvación es un don gratuito de Dios. Cristo con su
Sangre derramada en la Cruz se constituyó en víctima propiciatoria
para todo el mundo. Él borró todas nuestras culpas:
“Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mi, aunque muera,
vivirá; y todo el que vive y cree en mi, no morirá jamás”
(“Jn. 11, 25 y 26)